Acerca del autor

Querido lector:

En primer lugar te agradezco el interés por los cuentos de la colección Las Aventuras de Pitu y Guille.

Si estás leyendo esto, es porque sabes que la literatura infantil es esencial para el desarrollo cerebral de los niños. Yo también lo creo firmemente, ya que, durante el confinamiento por la pandemia, tuve una experiencia maravillosa con mis dos hijos pequeños, que me gustaría compartir contigo.

Está demostrado que, al escuchar o leer cuentos, los niños activan diversas áreas de su cerebro relacionadas con la comprensión del lenguaje, la imaginación y la memoria. Las historias les permiten visualizar escenarios, personajes y situaciones, lo que fomenta su creatividad y habilidades de pensamiento abstracto. Si además el relato es bueno y capta su atención, (lo que se puede conseguir si se presentan desafíos y problemas durante la trama), los niños aprenden a pensar de manera crítica y a resolver conflictos, habilidades esenciales para el desarrollo de su creatividad y en general para su progreso cognitivo. Es en esta etapa cuando hay que aprovechar al máximo la "plasticidad neuronal" de sus cerebros, que es mucho mayor que la de un adulto.

La creatividad es la base del pensamiento lateral y del “thinking out of the box” que dicen los ingleses. Hoy en día que tanto se habla de la innovación, tener la capacidad de generar nuevas ideas es algo muy valorado, y lo bueno es que se puede aprender ejercitando la mente (“la constancia todo lo alcanza” me decía mi madre siempre).

Soy ingeniero de profesión, el tercero de siete hermanos, y tengo cuatro hijos: los mayores tienen 30 y 27 años, y los pequeños, 8 y 6. ¡No puedo negar que me gustan las familias numerosas!

Hace veinte años, a los mayores les leía antes de acostarse los cuentos de los hermanos Grimm, en una edición de tapa dura forrada en tela, ilustrada con unas acuarelas preciosas y con un texto y una redacción muy fluida y amena, que era la que mi madre nos había leído a mis hermanos y a mí cuando éramos pequeños. Es decir, que el libro debe tener ya cincuenta años como poco. Hoy en día no se podría publicar tal cual, pues casi todas las historias se han vuelto “políticamente incorrectas”, y otras me parecen ahora de una crudeza tremenda.

Pasaron veinte años, y con mi tercer y cuarto hijo recuperé la sana y divertida costumbre de contarles los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndoles la misma edición de hace cincuenta años, que iba cambiando sobre la marcha para suavizarla un poco.

Y en esto estábamos cuando, de pronto, llegó la pandemia y nos quedamos todos confinados en casa.

Durante los tediosos meses de enclaustramiento, una noche sí y otra también, seguía leyéndoles los mismos cuentos de los Grimm, hasta que un día mis hijos me pidieron nuevos relatos y decidí inventármelos.

Los comienzos fueron duros. Al principio necesitaba cinco o diez minutos para planificar un poco la historia, mientras los peques, ya metidos en sus camitas, me presionaban para que empezase ya. Aquel sistema no era muy práctico y los niños se aburrían mientras yo seguía pensando y devanándome los sesos para idear un argumento, así que un día me lancé a improvisar sobre la marcha, sin tiempo para preparar nada: directamente empezaba con “Había una vez…” sin saber qué iba después, si una ballena que se quedaba varada en una playa o un niño que iba de excursión con su cole y se perdía en el bosque.

Las primeras historias las contaba un poco a trompicones, pero a medida que pasaban los días y seguía inventando historias cada noche, fui adquiriendo cada vez mayor facilidad para improvisar las aventuras de los protagonistas. Algunas veces mis hijos me sugerían directamente el argumento: “Papá cuéntanos un cuento de un coche que puede ir por el fondo del mar y encuentran un tesoro en un barco hundido” y otras noches tenía que partir de una hoja en blanco. Me sorprendió la rapidez con la que, incluso para un adulto (la plasticidad neuronal a la que me refería antes), se puede adquirir una nueva habilidad con esfuerzo y constancia, dos cualidades que ahora por desgracia, están muy poco valoradas por la sociedad en que vivimos.

Al cabo de unos meses de inventar dos nuevos relatos cada noche, había conseguido mucha práctica y los cuentos eran más fluidos. Cuando el argumento les interesaba, los peques se quedaban inmóviles clavándome sus miradas fijamente. Sin pestañear ni abrir la boca. Sin moverse ni un milímetro, siguiendo con toda su atención el desarrollo de la trama (algunas veces habría jurado que estaban conteniendo la respiración). En cambio, en otras ocasiones el cuento les aburría y al poco se quejaban con un cruel “¡Jo papá, qué rollo!”. Este “feedback en tiempo real” como diríamos en mi sector profesional -que es la clave de cualquier proceso de mejora-, me permitió ir tomando buena nota de los ingredientes que hacen que un cuento sea interesante y divertido.

Así, cada noche durante los dos años que duró la pandemia, mis hijos y yo fuimos creando muchos relatos con todo tipo de historias, trufadas con las espontáneas intervenciones que mi pequeño público me hacía, bien interrogándome por los cabos sueltos que inevitablemente me iba dejando para poder avanzar en el argumento con cierto dinamismo o bien sugiriendo cambios en la trama sobre la marcha, aportando ideas muy imaginativas.

Los protagonistas de casi todos los cuentos son dos hermanos, Pitu y Guille, que viven muchas aventuras y se enfrentan a las situaciones difíciles con imaginación, confianza en sí mismos y fuerza de voluntad.

Y así nació la colección “Las Aventuras de Pitu y Guille”, que recoge una selección de las historias que, en opinión de mis hijos, son las más entretenidas. Para la edición de los cuentos, tengo la gran suerte de contar con la ayuda de mi hija mayor, una brillante periodista con gran vocación, que me asiste en la mejora de los textos, aportando fluidez y dinamismo a los relatos.

He publicado los primeros veinte cuentos y confío en seguir publicando muchos más, ¡especialmente aquellos en los que mis hijos no pestañeaban y contenían la respiración!

Animo desde aquí a todos los padres a fomentar en sus hijos la lectura en voz alta y a compartir cuentos en familia, disfrutando de un momento entrañable que sin duda fortalece los lazos afectivos y proporciona un espacio seguro donde los niños pueden explorar emociones y valores. Además, a través de los personajes y las tramas, los pequeños aprenden sobre empatía, moralidad y las consecuencias de sus acciones, lo que contribuye a su desarrollo emocional y social.

Leer todas las noches enriquecerá el vocabulario de los peques y mejorará su capacidad para expresarse, pero sobre todo potenciará la plasticidad neuronal de sus cerebros y sentará las bases su éxito académico futuro.

Un cordial saludo,

José Naval


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